(Si no has leído la entrada anterior de reflexiones sobre el nacimiento de Raúl y mi parto y te apetece hacerlo, pincha aquí).
Cuando descubrimos que estaba embarazada fue una situación extraña, puesto que ya había estado embarazada antes, y no había funcionado. Así que aunque estábamos felices, la verdad es que había algo en mí que me hacía contener este sentimiento.
Tras las primeras semanas, al ver que iba creciendo, y sobre todo, cuando empecé a notar sus movimientos, que fue pronto, me dejé llevar, y viví un embarazo muy feliz (a pesar de haber sufrido algunos contratiempos físicos típicos sobre todo los primeros meses). Me sentí plena como nunca lo había sentido, estaba acompañada siempre, le sentía moverse y comunicarse conmigo, sabía que estaba dándole todo de mí, mi sangre, mi cuerpo, mis emociones, mis pensamientos… Y él me lo daba todo también. Compartimos unos meses preciosos, en los que me preparé para recibirle a través del yoga, la relajación, las visualizaciones… Empecé a ver el mundo de la maternidad de otra manera gracias a unas mujeres-madres maravillosas que dedican su vida al mundo de la maternidad.
Hicimos un taller sobre el embarazo y parto consciente, y desde ahí mi pareja estuvo mucho más cerca de mí, de nosotros; conseguimos acercarnos el uno al otro mucho más, ver las cosas del mismo modo. Nos preparamos para un parto que sería en el hospital, pero esperando y deseando que fuera un parto respetado. Presentamos copia de nuestro plan de parto, el día se iba acercando…
El 11 de septiembre de 2010 era la fecha probable de parto, antes de ello empecé a tomar infusión de hoja de frambuesa a diario, para ayudar a la dilatación, seguí con el yoga y las visualizaciones, y el día marcado llegó, pero no ocurrió nada. Sin embargo, a partir de ahí empezaba una cuenta atrás que yo no podía controlar.
Yo me encontraba genial, y no tenía ninguna sensación de que a Raúl le apeteciera salir todavía de su bolsita… Pero los ginecólogos se encargaron de meternos el miedo en el cuerpo (suspiro largo). Así empezamos a ir al hospital en sucesivas visitas a María, la enfermera de los monitores, y al gine que estuviera ese día en la consulta. El día 13 fue el primero, y ahí ya intentaron, sin preguntar, una maniobra de Hamilton…¡estaba de 40+2! Me indigna, porque además en mi plan de parto estaba claro que no queríamos maniobras de ese tipo, con lo cual descubrimos que ni se lo leen (suspiro enorme). Pues no me la hizo porque pregunté, porque estaba informada, porque conozco el medio y porque cerré las piernas, todas y cada una de esas cosas tuve que hacer.
Yo me dedicaba a andar, seguía con la frambuesa, y bueno, disfrutamos de las relaciones en los últimos días de embarazo, que las prostaglandinas no vienen nada mal, jeje.
El día 20 estaba de 41+2, era el día de mi 28 cumpleaños, y yo ya veía negro eso de que dejaran a Raúl nacer cuando él lo decidiera, sin correr riesgos, claro. Fui a mis últimos monitores y me dijeron que había que ingresar al día siguiente para la inducción, ¡qué horror! Que los protocolos del hospital eran inducir en la 41+3 porque los estudios demostraban que esperar solo traía cosas negativas para mamá y bebé. La ginecóloga que estaba aquel día me tachó de mala madre e irresponsable, puesto que yo no deseaba ingresar al día siguiente, pensaba que había tiempo hasta la 42 al menos, pero me asustó un poco y decidí que si Raúl no había dado señales al día siguiente, ingresaríamos el 22.
Hay que decir que no había tenido contracciones dolorosas, simplemente las de Braxton Hicks y de manera no continuada.
Esa tarde vi a Rocío, mi maestra de yoga y mucho más, y le conté lo que había ocurrido. Me aconsejó disfrutar de lo que me quedaba de embarazo, que hablara mucho con mi bebé, que le contara lo que estaba pasando…y que mirara en mi interior. Que aunque me hubiera comprometido, podía echarme atrás si era lo que sentía, que la decisión era mía al fin y al cabo. Que me dejara llevar por mi instinto, vamos… Había cambiado el instinto por el miedo, esa es la verdad.
Llegué a casa por la tarde y mi amor me había preparado un altarcito con una orquídea preciosa y unas palabras que me llegaron al corazón, por mi cumpleaños. Me di un baño y hablé mucho con Raúl. Le dije que si él deseaba decidir, tenía que darme alguna señal, que necesitaba su apoyo para saber que debía esperar, que era feliz de tenerle conmigo, pero que supiera que lo sería de la misma manera cuando decidiera venir, que le esperábamos con los brazos abiertos. Le dije muchas cosas en ese largo baño, y sobre todo le pedí que me diera alguna señal para sentirme acompañada en la decisión que tomase.
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