Durante el tiempo que llevo con el blog no me había parado a escribir sobre algo importante. No sé porqué, no sé si lo había dejado atrás, olvidado para que no me doliera. La cuestión es que en este tiempo ha despertado ese recuerdo dormido del dolor que pasamos con la pérdida de nuestro primer bebé y siento la necesidad de contar un poco más sobre ello, sobre ese bebé, sobre ese embarazo. Tengo la necesidad hoy de no dejarlo relegado al fondo de mi corazón, porque fue tan importante para nosotros...
Queríamos aumentar nuestra familia, ahora no sé si fuimos nosotros los que llamamos a ese bebé o fue él el que decidió ser nuestro hijo, pero llegó rápido a nosotros, y se fue casi tan rápido... Me quedé embarazada antes de darme cuenta siquiera de que habíamos decidido tener un hijo, pensando que quizás tardaba en llegar. Fue una felicidad infinita la que nos invadió al ver el sí en la prueba de embarazo. Yo no había notado nada antes, no era consciente de ser portadora de una nueva vida hasta que tuve la primera falta.
Empezamos a disfrutar de la noticia de manera espontánea, sin pensar siquiera que algo podía ir mal, no era una posibilidad para nosotros. Lo contábamos ilusionados a todo el mundo. Pero hubo algo en aquel primer embarazo distinto de los que le siguen, y es que yo no sentía la magia de la conexión con ese ser que estaba creciendo en mi interior. No me paraba a disfrutarlo conscientemente, solo era una idea en mi cabeza, no viví la magia de la gestación.
Estaba tan desconectada que ni siquiera me di cuenta cuando decidió marcharse. Me encontraba mal, pero lo achacaba al embarazo, sin más. No busqué en mi interior nada más. Cuando llegamos a la ecografía de las 12 semanas nos descubrieron una verdad dolorosa, hacía tres semanas que su pequeño corazón había dejado de latir.
Fue muy difícil despedirse de alguien que ya no estaba hacía tres semanas, yo tampoco era quién soy ahora, y no llegué a aceptarlo en aquel momento. No entendía qué había pasado y buscaba una culpabilidad por mi parte. Sé que no fue culpa mía. Siento hoy que ese bebé vino a nosotros sabiendo lo que iba a pasar, y aún así pasó por ello porque era la experiencia de vida que le tocaba, y porque a nosotros también nos enseñaba con ello. No sé si me explico...
Tuvimos que ingresar y pasar por quirófano. Y volver a casa al día siguiente con las manos y el vientre vacíos. Fue dificilísimo para mí dejar de pensar en él o ella con esperanza y mirarle desde entonces con nostalgia. Nos repetían (las personas de alrededor) que en seguida estaría otra vez embarazada, que no me preocupara, que no sufriera. Pero era tan difícil escuchar esas cosas para mí...
Enterré un poco su recuerdo, pero al volver a quedarme embarazada algo en mí me hizo recordar a aquella criatura, a aquel hijo que habitó mi útero por primera vez, y contárselo al pequeño que estaba en esa misma casita. Así sentía que no le engañaba, que no se sentiría extraño en un lugar que ya había estado ocupado antes. No sé explicarlo mejor...
Así empecé a sanarme a mí misma. Además, con el embarazo de Raúl empecé a vivir las cosas de otro modo, descubriendo un mundo de crianza que no conocía, un mundo espiritual que me captura poco a poco, y en el que aún hoy buceo maravillada, conociendo día a día cosas nuevas sobre mí, sobre los demás, sobre el universo.
Hoy, que vuelvo a ser una poderosa mamá gestante, vuelvo a alimentar desde lo más profundo de mi ser a otra criatura, estoy totalmente conectada con él/ella e incluso conmigo misma. Disfrutando estos momentos como no lo había hecho antes. Gracias bebé, por escogernos.
Sé que este momento que vivo ahora fue iniciado por ese ser precioso que habitó mi matriz por primera vez, que vino a enseñarme tantas cosas que aún hoy están siendo desveladas ante mis ojos y mi alma. Gracias hijo. Te quiero.




